Qué cómoda estás en la zona de confort, ¿o no?

 

Ya está. Conseguida la zona de confort. Misión cumplida, ya has llegado a la meta. El trabajo que te deseaba tu madre, estabilidad familiar, relaciones sociales. Tiempo libre desde las 18, bonitas escapadas de finde preparadas con semanas de antelación y al menos un viaje largo cada año. 

Todo está en orden, sin sobresaltos, sin estridencias ni bordes afilados. Días tranquilos, por fin en paz.

Y, sin embargo…

Toc, toc, algo te pasa. Hay algo. ¿Cómo puede ser que, yendo todo bien, parezca incompleto?

¿Cómo puede ser que no seas feliz? ¿Cómo es que sientes que te falta algo?

Houston, tenemos un problema.

A lo mejor resulta que tienes que salir de la zona de confort. Te lo explico.

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¿Qué es realmente la zona de confort?

Es la zona vital que te conoces al dedillo. Es el espacio que dominas. Un entorno ordenado donde crees saber todo lo que ocurre. ¿Qué pasa en un lugar donde crees saber todo lo que pasa y lo que tienes que hacer? 

Pasa todo esto:

      • Que no hay sobresaltos, dificultades, miedos ni dudas

Sin esas barreras, desaparece el estrés, la incomodidad y la ansiedad.

      • Que los hábitos toman en el control, por lo que es más fácil decidir

El día a día se repite, tanto en tareas y funciones como en esquemas mentales. 

      • Que no consumes muchos recursos porque vas en piloto automático

En piloto automático consumes menos. En cambio, cuando necesitas controlar, comprender y adaptarte a los desafíos de lo desconocido, inviertes un gran esfuerzo mental, físico y/o emocional. Gastas energía y recursos.

Visto así, pues ni tan mal, ¿no? Pero analicemos qué significa eso:

  • Sin novedades, retos ni dudas, se produce el estancamiento. Todo es conducir en círculos por una eterna meseta.

     

  • Con rutinas diarias y hábitos mentales, no hay adaptación a lo nuevo. No hay evolución personal.

     

  • Con el modo «baja energía» del piloto automático, no exploras nuevos horizontes.

La zona de confort puede ser cómoda, pero en ella no sacas el máximo provecho de lo que eres. No solo eso, también te resistes a avanzar incluso cuando puede ser positivo. La idea de actuar para mejorar estresa porque supone afrontar un cambio. 

¿Por qué ocurre esto? El responsable es el cerebro.

Tu cerebro te quiere dentro de la zona de confort

 

La misión de tu cerebro es mantenerte a salvo, hacer que sobrevivas. Así que prefiere que te ahorres la energía (física, mental, emocional) de las decisiones arriesgadas que podrían no tener premio. 

Cuando eres una cavernícola que quiere cazar tigres, es magnífico que el cerebro te diga que lo mejor es quedarse cerquita de la cueva recolectando melocotones. Por si acaso, no vaya a ser. 

Vamos, que se encarga de pararte los pies cuando te piden bailar. Te mantiene en un «sitio» emocional y vital donde encuentras la tranquilidad de tenerlo todo controlado. 

Pero ¿seguro que es así?

La verdad es que es una especie de ilusión. Tu comodidad no viene de tener un auténtico control de la situación, sino de haberte aislado del «mundo exterior».

Tengo malas noticias: el mundo exterior tiene otros planes y tarde o temprano va a asomarse por la cueva.

Cuando eso ocurra, te conviene estar preparada para lo inesperado, las oportunidades y los riesgos. Lamentablemente, aislarte en el espacio seguro impide evolucionar, saber reaccionar, adaptarte y ser más resiliente. 

Cuando no eres una cavernícola, sino una mujer profesional del siglo XXI que tiene un mundo por conocer y la oportunidad de alcanzar metas mayores, esa función del cerebro es menos útil porque aleja la posibilidad de ser más feliz.

 

¿Zona de confort o de conformarse?

 

En la zona de confort parece que siempre hay algo que nos impide dar el salto. Si no es un imprevisto, es que es mal momento por A o por B. Nos ponemos excusas, pretextos, impedimentos reales o inventados. Imponemos viejos patrones, dejamos que hable el miedo. 

Todo para no  explorar un mundo nuevo. Siempre surge algo. A veces, lo aplazamos durante años.

Es el «virgencita, que me quede como estoy». El «más vale pájaro en mano que ciento volando».

Es el autosabotaje.

A todos nos pasa, todos tenemos nuestro espacio seguro, pequeño o grande, rígido o flexible. Es tentador quedarse, pero es un lugar de conformismo e incompleto. Para progresar y salir es fundamental identificar sus señales. Desde ahí ya puedes tomar mejores decisiones.

como saber si estas en la zona de confort

¿Cómo saber si estás en la zona de confort?

 

Más allá de los muros está el éxito y tu plenitud. En el camino al desarrollo personal comprenderás cómo ser tu mejor versión, los objetivos que te hacen crecer y las metas que te dan la felicidad.

Y ese recorrido, así como los pequeños tropiezos, te harán evolucionar y crecer. Pero para llegar a ese lugar mejor, lo primero, lo más importante, es identificar las señales de tu zona de confort. 

Debes prestar atención y sacar tu lado felino: ojos bien abiertos y orejas arriba para que nada se escape. Se trata de despertar la sensibilidad hacia nuestras propias reacciones, pensamientos y actitudes cuando aparece un desafío o novedad. 

¿Lista para prestarte atención a ti misma? Pues toma nota, te sugiero que te fijes en:

  • Cuando piensas en hacer algo distinto con tu vida pero que, de inmediato, viene el pensamiento contrario
  • Cuando afrontar una novedad te tensa, te atemoriza
  • Cuando te refugias al tener que tomar una decisión… para no tomarla
  • Cuando te descubres buscando información sobre qué te está pasando y sobre vidas alternativas (familiares, sociales, profesionales…)
  • Cuando te sientes culpable por dudar de tu vida, a pesar de que tienes lo que se supone que es una vida completa
  • Cuando llegan reacciones físicas de incomodidad, tensión, estrés, malestar en el estómago, la cabeza y la piel. La ansiedad, en definitiva, el ahogo. ¿Cuándo y por qué se produce? 
  • Y, aunque resulte paradójico (pero ya has leído lo suficiente para saber los motivos), cuando te incomoda pensar en quedarte en la zona de confort. Ese malestar emocional al darte cuenta de que ahí sigues y ahí seguirás… si no haces nada. ¿No se suponía que era confort? 

Fíjate, descubre, anota. Ahí donde surjan estas sensaciones y pensamientos, habrás encontrado una de las paredes de tu zona de confort. 

No siempre es fácil encontrar las señales y hay muchos matices. ¿Quieres que te ayude a encontrar tus muros? Contacta conmigo y juntas veremos dónde están.

Y, luego, descubriremos la puerta para salir y sentir el aire fresco.